Náufragos del holandés errante

Artes y Espectaculos 27 de abril de 2020 Por Tribuna
Por Mario Trecek

Dante Leguizamón ha quedado, como Gepeto, dentro de un gigante marino, y no tiene su madera parlante, su amigo Pinocho, alguien que lo expulse del trasatlántico Zaandam y lo lleve a tierra firme. Un Dante con su infierno, y no un Jonás con planta de vid desoyendo los mandatos, está solo, pensando que no tiene tierra prometida, sino una Nínive por horizonte.

 Esta situación sería “realismo mágico”, donde una pequeña embarcación enarbola la bandera amarilla de la peste, y se van por el río eterno del amor, como nos contó Gabriel García Márquez, de Fermina y Florentino, que no quisieron volver al “horror de la vida real”.

 Nuestro protagonista sí quiere hacerlo. Hoy es un náufrago que arroja botellas al mar, envía una carta, un S.O.S. Es escritor: confía en la palabra, y sobre todo en los destinatarios, apela a un buen lector: “Mi nombre es Dante Leguizamón. Tengo 45 años y soy un periodista en cautiverio en un barco holandés. Mientras escribo, tengo a mi lado la mochila que traje de viaje, esa mochila que desde hace días me niego a desarmar.”

 “El 8 de marzo pasado subí al crucero Zaandam de la empresa Holland America Line invitado por un amigo, trabajador de la firma. La idea era hacer una serie de informes sobre las Islas Malvinas para los medios donde trabajo de la Universidad Nacional de Córdoba. Hice esos informes el 12 de marzo y los envié, pero al igual que a muchas personas en el mundo, en los días siguientes me esperaba una pesadilla”.

 “Inicialmente yo debía bajar en Chile el 21 de marzo, pero las fronteras se cerraron y a partir de entonces quedé en manos de esta empresa de bandera holandesa y capitales norteamericanos. Este relato es solo uno más de los muchos que requieren atención en este contexto de pandemia, pero como periodista me he sentido obligado a comunicar y denunciar algunas de las cosas que he conocido y vivido en estos días…”.
 

Hace unos años, fui docente de literatura en un secundario y me encontré con un libro, librito por el volumen: “El holandés errante”, de Franco Vaccarini, basado en la leyenda del capitán holandés Bernard Fokke (del siglo XVII), que sirvió de modelo para el comandante del buque fantasma. Fokke tenía pacto con el diablo decían, porque hacía tiempo record entre Holanda y Java. La leyenda es retomada en la obra de teatro “The Flying Dutchman” (1826), del dramaturgo inglés Edward Fitzball, y en la novela “The Phantom Ship” (1837) de Frederick Marryat.
 

Otras versiones aluden a la ópera “El holandés errante” de Richard Wagner (1841) en esta mirada fáustica, de hacer convenios con el diablo, para conjurar los horrores de estar en cubierta a mar abierto, con todos sus fantasmas. Con esta obra, Wagner abandona lo histórico para entregar esta ópera legendaria y dramática, donde Senta, con su amor y fidelidad, termina con la maldición del Holandés, que ya no será más errante.

 El protagonista de Vaccarini había jurado, de cara a una tormenta, que no daría marcha atrás hasta doblar el Cabo de Buena Esperanza, al sur de África, aunque le tomase hasta el día del Juicio Final hacerlo. Se ha hablado también de un horrible crimen cometido a bordo del barco con epidemia incluida, que infectó a la tripulación, a la que por ese motivo no se permitió desembarcar en ningún puerto, siendo condenados desde entonces —barco y marineros— a navegar eternamente, sin posibilidad de pisar tierra.
 

Esta leyenda la retoma Stephen King en la novela “La Larga Marcha”, donde a Olson, uno de los personajes principales, lo apodan “El Holandés Errante” y, claro, todos recordaran a Johnny Depp en las películas “Piratas del Caribe”, cuando en dominios de Davy Jones van a recuperar al Perla Negra, a Jack Sparrow, y su padre, una suerte de holandés errante.

 Una mañana, escuchando Radio Universidad, Dante Leguizamón dialogaba con Rebecca Bortoletto, cuando aún estaba en un puerto de Chile, ignorante de la travesía y el drama que le tocaría vivir: andar al garete y sin brújula y sin un mango. Casi un polizón. Luego, María Teresa Andruetto replica una carta desesperada del periodista.

Recuerdo al ex jefe de la policía de la Provincia de Córdoba, Julio César Suárez, que fuera condenado por “coacción en el marco de la cobertura periodística”, donde había sido asesinado por gatillo fácil Güere Pellico, y el mismo comisario (consta en el juicio) había publicado un tweet desde la cuenta oficial de la Policía y una llamada telefónica amenazante a Dante: “Me voy a encargar de vos”, le gritó. ¿Qué estará pensando ahora? ¿Estará jugando a la batalla naval o creyéndose Popeye, porque sigue siendo el más fuerte?
 

Dante Leguizamón sigue a la deriva, busca esperanzas o esperancitas, apela a las autoridades de nuestro país, que ya por estas horas ha comenzado otra ola de repatriación de argentinos varados en el exterior. Ya llegó un avión de línea de bandera con argentinos anclados en el aeropuerto de Miami. De acuerdo con el folclore, el holandés errante es un barco fantasma que nunca puede ser atracado, pero tienen que vadear a través de “siete mares”, para siempre. Flying Dutchman es siempre visible desde la distancia, a veces iluminado con haz de luz tenue. Parece que todos somos Pinzón, estamos en el carajo, y divisamos el regreso del periodista.

 “Por eso me animo a hacer una reflexión que es también una denuncia”, agrega en su carta: “en este barco, pero también entre todos los desterrados que no están en su país, se percibe la presencia cada vez más creciente de un virus que también es invisible y que también puede matar. Es el virus de la angustia por no poder volver a casa”. Lo esperan, en Río Ceballos, sus tres hijos y otros amores, y un gato que da vueltas por su biblioteca husmeando textos y contextos. Lugar de trabajo de Dante, que se parece al Gabo, cuando escribía para “El Observador” y redactó “Relato de un náufrago”.

 Esperamos, deseamos, que Dante Leguizamón siga con el periodismo, porque es uno de los indispensables. Aunque sea a nado, porque tiene la cultura del salmón, de nadar contracorriente.

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