Los médicos

Locales 30 de mayo de 2020 Por Tribuna
“A cualquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario (...)”. (Hipócrates, Siglo V AC)
LOCALES Pintura
“Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”, óleo de Rembrandt van Rijn

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Carlos Ríos*

Las ratas aparecieron sin aviso. La gente se tropezaba con ellas en las calles y en los edificios; la mayoría muertas y otras agonizantes. El número fue aumentando con el transcurso de los días y al poco tiempo se contaban por miles diseminadas por todo Orán, una ciudad fea donde el paso de las estaciones sólo se lee en el cielo, según la describe Albert Camus como presentación de La Peste.

El doctor Bernard Rieux intuyó, desde el comienzo, que los roedores eran portadores de una enfermedad horrible que la humanidad conoce desde antiguo; que llena el cuerpo de bubones purulentos, provoca fiebre, dolores insufribles y es irremediable.

En escasos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente, para todos los que se preocupaban de este curioso mal, que se trataba de una verdadera epidemia. Las autoridades tardaron en admitirla por temor al pánico colectivo. El cierre de la ciudad, sin embargo, fue inevitable. Los que estaban afuera ya no pudieron ingresar y los que estaban adentro ya no pudieron salir, quedando confinados al encierro, al mismo sufrimiento profundo de los prisioneros y los desterrados.

El Dr. Rieux, un hombre común apegado a su oficio, estuvo dispuesto a desafiarla, aun sabiendo que sería derrotado una y otra vez. Junto con un grupo de amigos organizaron formaciones sanitarias para enfrentar la plaga. Trabajaron día y noche sin descanso viendo cómo todo sacrificio era infructuoso. Eran testigos de contagios y muertes fulminantes, asistiendo inútiles, como simples espectadores, a una ceremonia siniestra cuyo protocolo, escrito por la peste, se cumplía sin desvíos.

Después de muchos días de reiteradas caídas, el médico se sintió abrumado por el cansancio. “Su única defensa -dice Camus- era refugiarse en el endurecimiento y apretar el nudo que se había formado en él. Sabía que era la mejor manera de proseguir. Por lo demás no se hacía muchas ilusiones y su fatiga lo despojaba de las que aun guardaba. Pues sabía que, durante un período sin término visible, su papel no era ya el de curar. Su papel consistía en diagnosticar. Descubrir, ver, registrar, por fin; condenar, tal era su tarea. Las esposas le cogían de las muñecas y gritaban: ‘¡Doctor, consérvele la vida!’. Pero él no estaba allí para dar la vida, estaba para ordenar el aislamiento. ¿De qué servía el odio que entonces leía en los rostros? ‘No tiene usted corazón’, le habían dicho un día. Pero sí, tenía uno. Le servía para aguantar veinte horas por día, durante las que veía morir hombres hechos para vivir. Le servía para recomenzar cada jornada. Por lo demás, su corazón sólo bastaba para eso. ¿Cómo hubiera sido capaz, además de dar la vida?”.

La persecución penal a los médicos en medio de una pandemia puede causar perjuicios enormes a la sociedad si aquellos, con justa razón, evitan actuar por temor a que una decisión desafortunada, bajo presión extraordinaria, los conduzca a rendir cuentas en los tribunales. La Corte Suprema de Justicia ha dicho, en numerosos pronunciamientos, que los jueces deben prever las consecuencias de sus fallos; consejo que, por cierto, deberían atender también los fiscales excesivamente celosos. 

En las últimas semanas, luego de golpear sin piedad Europa y América del Norte, la pandemia nacida en China de la cual somos prisioneros, se lanzó a la conquista del Cono Sur donde ha sentado sus reales. Nuestros países van sucumbiendo a su feroz apetito y en Chile se ha devorado completo el sistema de salud. Las clínicas están abarrotadas, los recursos materiales se agotan y la Dra. Claudia Vega, jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital El Carmen de Santiago de Chile, debe elegir, por falta de camas, entre los candidatos a ocupar las que van quedando vacías; o sea, está obligada a seleccionar las personas indicadas para recibir tratamiento, lo cual implica, sin más, repartir una opción de vida o muerte, absolver o condenar sin delito ni pecado.

Es tomar una decisión lastimosa, desgarradora, cuya ejecución atraviesa un haz de relaciones complejas: cada paciente es abuelo, padre, hijo, nieto, hermano o amante de alguien. El COVID-19 ha depositado en nuestros médicos, hombres y mujeres que jamás soñaron con un destino heroico ni tuvieron ambiciones de poder -como el Dr. Rieux de la novela de Camus-, una supremacía sobre el género humano que hasta Dios quisiera aborrecer. Cada hora de cada día, quienes se encuentran en esa situación, actúan bajo la presión de un entorno hostil sin atreverse, siquiera, a intentar resolver el dilema ético al que el destino los tiene atenazados. De otra forma, sucumbirían fácilmente atormentados por la duda, la culpa y el resultado cuando sobreviene la fatalidad. No existen palabras suficientes para honrarlos. 

En Argentina, el virus se muestra activo, dispuesto a doblegar la eterna cuarentena. Ha entrado en los barrios porteños y en las ciudades del Gran Buenos Aires, obligando a extremar las medidas de aislamiento, las cuales se hacen cada vez más insoportables. Algún ministro vaticina que una montaña de casos se avecina y la aceleración de los contagios parecen indicar que el problema recién está comenzando. Pero mientras el grueso de la población esta forzado a recluirse para su protección, los profesionales de la salud, médicos y enfermeros, están compelidos, por el contrario, a pasear sus cuerpos por los sitios contaminados, no sólo para asistir a los infectados, sino al resto de los enfermos, porque a pesar del coronavirus la gente se sigue enfermando de otras cosas. Y, obviamente, se exponen, como pocos, al riesgo de ser alcanzados por la peste. 

Así sucedió con dos médicos que trabajaban en un geriátrico de Saldán que, a su vez, contagiaron a otras personas. Un fiscal los imputó por el delito de propagación culposa de una enfermedad e inmediatamente las calles cordobesas se llenaron de manifestantes protestando por este proceder. El sentido común ha impulsado el reproche colectivo. Si bien estos profesionales pudieron incurrir -como cualquiera-  en alguna omisión punible, la formación de una causa en su contra, en el contexto actual, no es prudente. La medicina no es una ciencia exacta. La persecución penal a los médicos en medio de una pandemia puede causar perjuicios enormes a la sociedad si aquellos, con justa razón, evitan actuar por temor a que una decisión desafortunada, bajo presión extraordinaria, los conduzca a rendir cuentas en los tribunales. La Corte Suprema de Justicia ha dicho, en numerosos pronunciamientos, que los jueces deben prever las consecuencias de sus fallos; consejo que, por cierto, deberían atender también los fiscales excesivamente celosos. 

*Abogado

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