
La ciudad estallada

Para el miedo las rutas de la huida son el descampado, o el desamparo. Para el río, él es su camino, su único destino. Aprendió antes de los diques de toda colonización, que él es su desafío. Discurre, sabe, que a campo traviesa corrían al sesgo, o estacionaban precavidos a la vera de la ruta, a la espera que pase el ruido, salvar el pellejo y sobre todo a los niños, o llegar a los pueblos vecinos. Estalló el desconcierto.
Él, el río, sabe que los puentes son trampas del mapa, de la vida, que no llevan al futuro, sino a otro lado, con posibilidades de regreso. Un día todo estalla, fue cuando descubrimos una palabra: Esquirlas. Piedra de amolar que abrió la bóveda metálica, superior a los humos y las chimeneas de todas las fábricas, y dejar al descubierto un celaje rojo, un abismo negro, y un pequeño hilo de sangre que marchó hacia el río, de nuestros muertos.
La sangre tira, tiene memoria, inclusive en noches de pesadilla, de atentados. Cuando todos se fueron, quedaron las casas vacías, con las puertas y ventanas abiertas, por si alguien regresaba. Y volvimos, de pura porfía, por sed de vida.


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