

Franco Garbarino*
Heat, conocida en Latinoamérica como Fuego contra Fuego, fue una de las mejores películas de robos a bancos de la década de los 90. No solo destacaba por su trío actoral de lujo -Val Kilmer, Al Pacino y Robert De Niro- sino también por un guión que nos invitaba a elegir un bando: policías o ladrones.
Sin embargo, el cine de ladrones de bancos ha ido perdiendo protagonismo, no solo porque el género se haya desgastado, sino porque el cine refleja la realidad, y en esta, los robos a bancos ya no existen como antes, al menos no como los vemos en las películas.
Las escenas de criminales enmascarados entrando a bancos armados y saliendo con bolsos llenos de dinero eran el reflejo de una época en la que el crimen tenía un rostro y acciones directas. Hoy en día, esa imagen es cosa del pasado. Los ladrones de banco tradicionales han sido reemplazados por ciberdelincuentes que operan desde las sombras, armados no con pistolas, sino con teléfonos inteligentes y computadoras.
El robo físico a bancos ha disminuido drásticamente en las últimas décadas. Las mejoras en seguridad, tecnología de vigilancia y procedimientos bancarios han hecho que este tipo de delitos sean más riesgosos y menos rentables. Mientras las puertas de los bancos se vuelven más seguras, las puertas digitales que conducen a nuestras cuentas personales se han convertido en el nuevo objetivo.
La estafa bancaria moderna se basa en el engaño y la manipulación. Un clic en un enlace malicioso, compartir un código con un supuesto operador de WhatsApp o responder a un mensaje de texto aparentemente inocente puede ser suficiente para que alguien pierda sus ahorros.
El villano actual es invisible, intangible y, a menudo, anónimo. Este cambio refleja una transformación profunda en la naturaleza del crimen y la seguridad en nuestra sociedad. En nuestra búsqueda por facilitar y acelerar nuestras vidas a través de la tecnología, hemos abierto nuevas vías para aquellos que buscan aprovecharse de los demás.
En el pasado, la sensación de inseguridad se manifestaba de formas tangibles y visibles. Al salir o entrar a casa, era común mirar alrededor para asegurarnos de que no hubiera nadie sospechoso merodeando por el vecindario. Las puertas con doble cerradura, las ventanas reforzadas y las luces exteriores eran nuestras primeras líneas de defensa contra posibles intrusos.
Hoy, la inseguridad ha adoptado una forma más sutil e intangible. Con la expansión de las redes sociales y la digitalización de nuestras vidas, el peligro ya no acecha solo en las sombras físicas, sino también en las digitales. Ahora, en lugar de vigilar quién está cerca de nuestra casa, debemos prestar atención a qué información personal compartimos en línea.
Si se hiciera una remake de Heat, quizás no veríamos a De Niro y su equipo planificando elaborados robos a bancos con armas y persecuciones a alta velocidad. Tampoco a Al Pacino descifrando pistas en escenas de crímenes físicos.
En cambio, estarían rastreando direcciones IP, analizando patrones de ciberataques y enfrentando el desafío de perseguir a un enemigo en el ciberespacio. Cuando la realidad supera a la ficción, es momento de proteger nuestra propia historia.
Abogado MP. 10-516


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