

Por Franco Garbarino*
No soy un fanático del fútbol. No suelo mirarlo, no lo juego ni defiendo a ultranza a ningún equipo. Pero los mundiales tienen algo distinto. No es el deporte. Es lo que despierta. Es lo que comunica. Es lo que significa ver ganar a la Selección. Hay momentos en los que once jugadores dejan de ser once jugadores y pasan a representar a 47 millones de argentinos que, por noventa minutos, sienten exactamente lo mismo.
Pero estas líneas no se escriben para hablar de goles, ni de si los cambios fueron acertados, ni de si el cooling break responde a una necesidad médica o a un interés comercial. Todo eso resulta banal frente a lo que se vivió el miércoles 15 de julio de 2026, una fecha que quedará grabada en nuestra memoria y en nuestro corazón, no únicamente por el triunfo deportivo, sino por aquello que simbolizó, por eso que trasciende la alegría individual y se transforma en un sentimiento colectivo imposible de explicar con estadísticas o análisis tácticos.
El Reglamento del Mundial 2026 de la FIFA prohíbe expresamente la exhibición de mensajes o lemas políticos por parte de los jugadores y de todos los integrantes de las selecciones, tanto durante los partidos como una vez finalizados. La ministra de Seguridad argentina también había repetido en distintos medios que no se permitiría el ingreso de banderas con contenido político o que pudieran generar disturbios. Esa era la regla. Ese era el límite. Pero, como suele decir la viveza criolla, las reglas están para romperse.
En 2003, la actriz y cantante estadounidense Barbara Streisand demandó a los responsables de una página web para que retiraran una fotografía de su casa y la indemnizaran por haber vulnerado su privacidad. Quería que nadie viera esa imagen. Consiguió exactamente lo contrario. La noticia recorrió el mundo, la fotografía se multiplicó y terminó dándole nombre a uno de los fenómenos más conocidos de internet: el efecto Streisand. Cuanto más se intenta ocultar algo, más visible se vuelve.
¿Qué relación puede existir entre Barbara Streisand y un grupo de jugadores vestidos de celeste y blanco? Toda, porque cuando alguien intenta prohibir un mensaje, casi siempre consigue el efecto contrario. Lo instala. Lo vuelve tema de conversación. Lo multiplica. Lo hace imposible de ignorar. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con una frase que millones de argentinos llevan tatuada en el alma desde mucho antes de que existieran las redes sociales: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.
"Es solo un partido de fútbol", dijo Lionel Scaloni en conferencia de prensa. Y tiene razón. Es un partido. Son noventa minutos. Veintidós jugadores. Una pelota capaz de detectar el roce de un cabello. Un árbitro. Tecnología suficiente para descubrir una ventaja por medio centímetro, pero también sabemos que no, sabemos que nunca fue solamente un partido.
Quienes ocupan instituciones deben medir sus palabras, y está bien que así sea, las formas y la prudencia así lo exigen. Pero también sabemos que el fútbol hace mucho dejó de ser únicamente un deporte. El fútbol es un símbolo. Es una forma de contar quiénes somos, es una bandera que se canta, que se abraza y que se llora. Es uno de esos pocos lenguajes capaces de unir a un país entero detrás de una misma emoción. Por eso este partido será recordado mucho después de que termine este Mundial, sin importar cómo siga el camino de Argentina en la Copa. (anulo mufa)
Volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿se rompió la regla de la FIFA? Para responderla primero habría que preguntarse qué significa realmente que un mensaje sea político. Un contenido es político cuando habla, de cómo vivimos juntos, de quién decide, de quién tiene voz, de quién es escuchado y de cómo una comunidad construye su destino. No hace falta mencionar gobiernos ni elecciones, basta con hablar de aquello que une o divide a un pueblo.
Aristóteles decía que el ser humano es un zoon politikon, un animal político, porque vive en comunidad y necesita organizarse con otros para alcanzar el bien común. Para él, la política no era únicamente el gobierno, era la vida compartida en la polis.
Entonces volvamos a preguntar. ¿Qué tienen que ver Aristóteles, Barbra Streisand, Scaloni y las Islas Malvinas? Todo. Porque el fútbol es político. Porque el reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas es político. Porque lo político no siempre pasa por un Congreso o por una urna, muchas veces pasa por el corazón de un pueblo. Porque hay cosas que dejan de pertenecernos como individuos y pasan a formar parte de una memoria colectiva que ninguna reglamentación puede borrar.
No fue solamente un gol. No fue apenas un empate para volver al partido. No fue otro gol para acercarnos a una final del mundo. Fue el partido de una generación que no combatió en el 82, pero que creció escuchando esas historias en la mesa familiar, viendo los nombres de los caídos en los monumentos de cada pueblo y sintiendo que esa herida sigue abierta cuarenta y cuatro años después.
Y que nadie se confunda. Comparar un partido de fútbol con una guerra sería una obscenidad. Esa guerra fue injusta, devastadora, cruel, desgarradora y sangrienta. Una guerra que dejó a madres sin hijos, hijos sin padres y soldados que jamás pudieron volver a abrazar a sus familias. Los futbolistas, cuando termina el partido, regresan a sus casas, muchos de nuestros combatientes nunca tuvieron ese privilegio. Precisamente por eso, este partido fue mucho más que fútbol porque durante noventa minutos no se discutió un resultado, se discutió una identidad. Se recordó una causa. Se volvió a decir, quizá donde más molestaba que se dijera, aquello que algunos pretendían callar.
Recordemos dos cosas: no es solo un partido y las Malvinas FUERON, SON Y SEGUIRÁN siendo argentinas mas allá de lo que digan y no nos quieran dejar decir.
*Abogado




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