
Los caminos del acero. Ferrocarril y colonización, el nuevo libro sobre un hito fundacional
Regionales01/09/2026
Tribuna
A finales del siglo XIX, la llanura pampeana no era un paisaje, sino un desafío de polvo y viento reseco que mordía la piel. En ese horizonte de pastizales infinitos, la modernidad no llegó en libros, sino en el aroma denso del carbón quemado y en el siseo violento del vapor que escapaba de las calderas. El silencio milenario de la tierra fue quebrado por el repiqueteo metálico de las vías bajo un sol que fundía las sombras, un estrépito rítmico que anunciaba la llegada del progreso. En el centro de esta epopeya de hierro se alzaba el "catango". Llamado así por el escarabajo que revuelve incansable el suelo, este obrero ferroviario de manos callosas y mirada curtida hundía el pico y la pala para fijar el acero sobre la tierra virgen. El hollín se asentaba en sus pulmones mientras el agua cristalina de los pozos artesianos le devolvía la vida en las pausas del mediodía. Estos hombres no fueron meros peones de una empresa extranjera; fueron los arquitectos anónimos que transformaron un desierto hostil en el motor económico de un mundo hambriento. Su esfuerzo físico, hoy sepultado por el óxido y el olvido, cimentó la identidad de una nación que necesita, ahora más que nunca, rescatar esas voces del polvo del tiempo.
El Rescate de una identidad
El próximo viernes 4 de septiembre, a las 18, la Biblioteca Popular Justo José de Urquiza (Alberdi 75, Río Tercero) abrirá sus puertas para un acto de justicia histórica. La presentación de Ferrocarril y Colonización, obra compilada por Renée Isabel Mengo, se propone que propone un recorrido por la historia de los pueblos del ramal Rosario, Casilda, Cruz Alta, Río Tercero y Córdoba. No se trata de la visión solitaria de una académica, sino de una construcción polifónica y coral que integra las investigaciones de docentes e historiadores locales. El libro disecciona la identidad pampeana a través de una tríada fundamental: el capital indomable del riel, el trabajo sacrificado del inmigrante y la mística que unió a la familia ferroviaria en un destino común. En una época marcada por el levante de vías y el silencio de los andenes, este rescate patrimonial funciona como un "riel de memoria", una pieza de acero simbólica que vuelve a conectar a los pueblos que el desmantelamiento ferroviario pretendió aislar. Es una invitación a entender que nuestro mapa actual no fue un accidente, sino el resultado de una colisión de fuerzas sociales y humanas.
Retratos de tierra adentro. Las microhistorias del riel
El mapa de Santa Fe y Córdoba no se trazó con escuadras en escritorios porteños o londinenses, sino a través de la ambición de pioneros y las leyes implacables de una ingeniería que debía domar la llanura. Fue también el escenario de una "guerra de gigantes", donde el Ferrocarril Central Argentino (F.C.C.A.) operaba como un coloso estratégico, absorbiendo empresas menores como el Oeste Santafesino para bloquear el avance de sus rivales y asegurar el monopolio del grano.
Idiazábal y la nostalgia vasca
En 1908, Demetrio Jaureguialzo Albisu decidió que su fortuna debía tener el nombre de sus raíces. Al donar 100 hectáreas para la estación y el pueblo, no solo buscaba un nodo logístico, sino recrear su villa natal en Guipúzcoa. Idiazábal nació marcada por una paradoja técnica: era el final de una línea que obligaba a las locomotoras provenientes de Cruz Alta a realizar una coreografía de hierro, chirridos y aceite caliente, retrocediendo sobre sus pasos para retomar el ciclo. En ese enclave de supervivencia, figuras como Don Luján se volvieron vitales; el hombre custodiaba el pluviómetro y los pozos artesianos con la precisión de un vigía, sabiendo que en esa tierra sedienta, el agua era tan necesaria como el carbón para que el corazón del pueblo siguiera latiendo.
Pujato. El laberinto de los tres nombres
La historia de Pujato es una crónica de la fragmentación y el caos jurisdiccional de la época. Allí coexistieron la Colonia Clodomira (fundada por Bustinza en 1877), el pueblo Rey Umberto (impulsado por Luisa Bianchi de Monti) y la estación Pujato, en honor a Cándido Pujato. Esta superposición generaba una frontera simbólica casi absurda: un vecino podía comprar el pan en un reino (Umberto), caminar unos metros por una calle de tierra y comerlo en una colonia (Clodomira), cambiando de jurisdicción política e identidad con solo cruzar el polvo. Era el reflejo de una colonización voraz donde el nombre de la tierra dependía de quién clavara primero su estaca.
Río Tercero. El desvío de Don Modesto y el niño maquinista
El destino de Río Tercero se decidió en una charla de persuasión entre Modesto Acuña y los ingenieros británicos Evans y O'Connell. Con la astucia del estanciero que entiende el futuro, Acuña donó tierras de su estancia "Media Luna", logrando que la curva del acero se desviara hacia sus dominios. En 1912, un niño de doce años llamado Juan Mandrino descendió ante un desierto de chapas de zinc; años después, ese mismo niño, convertido en hombre y maquinista, domaría las calderas que cruzaban el "puente negro" sobre el río Ctalamochita, sintiendo la vibración del riel de protección bajo las ruedas. El tren no solo trajo granos y máquinas; trajo la civilización del ocio y la letra. Mientras los ingenieros ingleses golpeaban pelotas en sus canchas de tenis, de los vagones descendían baúles repletos de libros, sembrando bibliotecas donde antes solo soplaba el viento.
Para Río Tercero, como para el resto de los incipientes pueblos, el tren fue esencial, fundante, motor e impulso de desarrollo en todos los órdenes.
Este modelo agroexportador, a menudo criticado por su carácter extractivo, tuvo su "revés" humano: el ferrocarril fue el vehículo que sembró centros culturales, clubes y sociedades de socorros mutuos, integrando al desierto en una red social que trascendía la mera rentabilidad británica.
La memoria que no se oxida
Hoy, el pulso de las estaciones ha mutado. Los viejos galpones de ladrillo visto y techos de zinc, que alguna vez vibraron con el paso de toneladas de trigo, laten ahora con una energía diferente. Han dejado de ser simples nodos de transporte para convertirse en faros de cultura; museos y centros culturales donde el eco del silbato del tren parece resistirse a morir. Esta metamorfosis mantiene viva la llama que los convoyes de pasajeros dejaron atrás hace décadas. Asistir a la presentación del libro de Renée Isabel Mengo es mucho más que un acto académico: es abordar ese tren una vez más, ser parte del engranaje que impide que el olvido oxide nuestra historia. Es asegurar que los "Caminos del Acero" no sean solo un rastro en el mapa, sino la vía principal por la que siga transitando la identidad de nuestros pueblos hacia el futuro. El silbato ha callado en los campos, pero su memoria es un fuego que no se apaga.





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