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OPINIÓN. Cuando las instituciones se convierten en circo

Información General21/02/2026TribunaTribuna
CONGRESO
Una diputada desenchufando los micrófonos en la última sesión por la reforma laboral.

Franco Garbarino
Abogado

El Congreso debería ser el lugar donde una Nación piensa. Sin embargo, estos días se pareció más a un ring mal iluminado que a la casa de las leyes. Micrófonos apagados como quien corta la luz para que no se vea la pelea. Gritos que reemplazan argumentos. Insultos donde deberían aparecer ideas. Reglamentos tratados como papel descartable. No es un problema estético. Es un problema estructural.

Una institución funciona como un quirófano: puede haber tensión, puede haber urgencia, pero nadie quiere a un cirujano revoleando bisturíes mientras discute a los gritos con el anestesista. Las formas no son decoración. Son la condición para que el resultado no sea un desastre.

Y entonces la pregunta deja de ser jurídica para volverse moral: ¿estos legisladores nos representan o nos retratan?

Porque los representantes no llegan en paracaídas. Salen de la misma sociedad que después se indigna frente al televisor. Si convertimos la viveza en virtud, la descalificación en método y el “todo vale” en cultura, no podemos esperar que el Congreso sea una academia de Atenas. Será, inevitablemente, un espejo. Y los espejos no mienten: incomodan.

Discutir una reforma laboral con dureza es legítimo. Convertir el debate en una escena tribal no lo es. La política es conflicto, sí, pero conflicto civilizado o debería serlo. Cuando desaparece esa frontera, la ley deja de ser un pacto y se transforma en una imposición ruidosa, frágil, sin autoridad real.

Después nos preguntamos por qué nada dura, por qué nadie cree, por qué todo parece atado con alambre.

La respuesta es incómoda: las instituciones no se sostienen con discursos patrióticos y una euforia desmedida que busca imponerse para cancelar al otro, sino con conductas concretas. Con respeto. Con límites. Con responsabilidad.

Si queremos un país serio, necesitamos instituciones serias y si queremos instituciones serias, debemos dejar de tolerar que se comporten como un espectáculo. Porque un Congreso que actúa como circo no legisla: entretiene.
Y los pueblos que convierten su democracia en entretenimiento terminan siendo espectadores de su propio fracaso.

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