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PERSONALIDAD DE SU TIEMPO. Américo Silva, una institución en la peluquería

Locales27/01/2026TribunaTribuna
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Américo Silva (Archivo).

En todos los oficios hubo pioneros y decanos; docentes y discípulos; avezados y principiantes, seres que desarrollaron anónimamente sus tareas y otros que se destacaron por su alto perfil, su capacidad y su experiencia. Entre los peluqueros riotercerenses, fueron protagonistas de historias singulares como las de "Paquito" Molina, peluquero picaflor y contador de miles de historias; o la de Roque Riquelmo Caballero que hizo de su cálida peluquería un lugarcito en el que daba gusto hasta estar esperando por el arsenal de revistas de todo tipo y porque de paso te prestaba su bandoneón "Doble A" para que te dieras el gusto de soñar que "eras Troilo", y tantos otros, cada uno con su historia.
Pero tal vez ninguna fue como la de Américo Silva, decano de los peluqueros riotercerenses, personaje de la ciudad que para nada demostraba las más de ocho décadas que había vivido intensamente, siempre pendiente de su oficio, el que había cultivado con pasión y dedicación, y de su afición por coleccionar objetos antiguos.

Como tantos otros grandes riotercerenses, Américo no nació aquí sino en Alcira Gigena, donde aprendió el oficio a los siete años con un tío, hermano de su madre, luego de quedar huérfano de padre. A esa edad hizo el primer corte, y a los 17 años vino a Río Tercero cuando lo fue a buscar don Amaya, con la atractiva propuesta de que aquí había mucho trabajo debido a la cantidad de gente que había venido a trabajar a la Fábrica Militar. Primero con Amaya y luego con Francisco Napoli, el "porteño", trabajó como oficial. Muy pronto se sintió riotercerense y al poco tiempo fue elegido presidente del Centro Departamental de Peluqueros, cargo que desempeñó por 12 años.

Otro viejo peluquero riotercerense, don Isidoro Ríos, el esposo de la inolvidable partera Dominga Cañas, le posibilitó que él pudiera instalar su propia peluquería. Desde entonces, Silva tuvo su siempre coqueta peluquería en distintos salones de la ciudad. La mantuvo ocho años, desde 1970 en Libertad 225, para damas y caballeros con una muy surtida perfumería, en la que vendía al por mayor a perfumerías de la zona.

Hubo un hecho que marcó un antes y un después en el arte de cortar el cabello: hasta la década del '60 se cortaba tradicionalmente con máquina o con tijera, mientras que la navaja se utilizaba solo para afeitar, ya que entonces las peluquerías eran también barberías donde muchos hombres iban casi a diario a "hacerse la barba". Un encuentro en la Capital Federal de Américo con Jean Berderis, jefe de promoción y ventas de "L'Oreal de Paris", le proporcionó material del corte modelado a navaja del maestro francés Georges Hardy. Era 1962 y Silva comprendió que el futuro de la profesión pasaba por allí. Así fue que adoptó y perfeccionó el corte modelado a navaja, difundiéndolo entre sus colegas de Río Tercero y de la provincia. Algunos lo adoptaron y otros lo desdeñaron, continuando con el método tradicional; algunos de sus tradicionales clientes no aceptaron el cambio y cambiaron de peluquero... Él persistió y obtuvo el reconocimiento de todos hasta imponer el nombre de "coiffure", que devenía de la relación con el Centro de Arte y Técnica y del padrinazgo del maestro francés George Benatar. Américo siempre trabajó por la dignificación de la profesión, a la que se llegaba por estudios oficializados.

En su peluquería llegó a tener a clientes célebres como el expresidente Arturo Humberto Illia y, más acá en el tiempo, al exvicegobernador Mario Negri y a otros importantes políticos.

Un poco psicólogo, gran conversador, de impecable memoria, en las últimas décadas había complementado su pasión por su oficio de coiffure con la de coleccionista de objetos antiguos que decoraban el local de su peluquería en calle Juan C. Dávalos de barrio Cabero. Más de 3.000 monedas de todo el mundo, un antiguo gramófono que todavía giraba, discos de pasta, planchas antiguas, máquinas de coser, lámparas, cajas registradoras, relojes y armas antiguas, máquina fotográfica y proyector de cine manual; todo eso y mucho más conformaba lo que estaba en vías de convertirse en un atractivo, entretenido y valioso museo de la vida cotidiana de la Argentina. Sus largos años como habitante de Río Tercero convirtieron a Américo Silva en una verdadera "personalidad de su tiempo".

Nota del periodista César Herrera publicada años atrás para un suplemento especial de TRIBUNA.

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