Don Luis volvió a sulfúrico, la planta que montó hace 60 años

Locales 14 de julio de 2018 Por tribuna
En agosto Luis Pérez cumplirá 90 años de edad. Esta semana recorrió el polo químico de la Fábrica Militar que lo tuvo como protagonista en sus inicios, en los años '50.

A la semana de ingresar, me pusieron de turno y dije 'acá vengo a trabajar no a pedir acomodo'". Luis Pérez es uno de los primeros operarios que marcó tarjeta en la Fábrica Militar de Río Tercero y a la vez ejemplo de trabajo, compromiso y superación. Con esa convicción, Luis se preparó para la vida y no le fue mal.


Don Luis se jubiló en 1986. Regresó esta semana a la planta estatal local y fue recibido por el director Rafael Víctor Guerrero que quiso conocerlo a partir de una gestión del técnico Rubén Moroni. TRIBUNA fue testigo de ese encuentro, invitado por la Dirección de la FM.


En agosto Luis cumplirá 90 años y 36 desde que se jubiló tras haber trabajado casi cuatro décadas en el sector de producción química de la empresa.


Luis no fue un operario más. Prácticamente vio nacer el polo químico de Río Tercero. Tuvo el privilegio de participar del montaje de la planta de ácido sulfúrico de la fábrica (la primera del complejo), que está a punto de cumplir 60 años de funcionamiento, ahora con nuevas inversiones.

Pero además, deja en cada palabra que pronuncia, un sólido mensaje de perseverancia, compromiso y amor por "su fábrica".

Toda una vida
Luis ingresó a la Fábrica Militar en 1950, con solo 22 años y tercer grado de escuela. Venía de duras labores en el campo y hasta fue vendedor de diarios en Córdoba. El de la empresa estatal, para esa época en su apogeo, con 14 plantas en todo el país y tres en Córdoba (Río Tercero, San Francisco y Villa María), se convertiría en el empleo de toda su vida.


El comienzo fue muy prometedor para el entonces joven de 22 años. Y lo que vino después lo marcaría para el resto de su vida.


"Empecé en la planta de zinc, que era una planta de 'pico y pala', muy insalubre", relata ante la mirada de las autoridades de la fábrica, de su hija María del Carmen y de su nieta veterinaria, que lo acompañaron a reencontrarse con su pasado tan añorado.


Luego vendría el desafío de Fabricaciones Militares de seguir creciendo, en este caso en una unidad de producción química. Así fue que -según cuenta Luis- las autoridades de la empresa decidieron que un grupo de técnicos y profesionales buscara en Europa equipos usados de viejas plantas que habían funcionado hasta la Segunda Guerra Mundial. "Se hizo todo el rejunte. Había bombas norteamericanas, aparatos de control franceses y equipos italianos. Así se armaron las plantas", recuerda. Ante la creciente demanda de productos, Luis señala que "al año de funcionamiento se pagaron". Ese período de amortización es hoy impensado y refleja una sólida etapa de crecimiento del proyecto surgido bajo la idea del General Savio, con una clara impronta industrialista.


"Todo lo que se hacía se vendía, incluso en PM (producción mecánica). En ese entonces había 15 fábricas militares; ahora no sé si hay cuatro o cinco", manifiesta Luis con cierto enojo.


La planta de ácido sulfúrico comenzó su producción, finalmente, en 1958, luego de un largo proceso de montaje y puesta a punto, en el que intervinieron ingenieros italianos y franceses. "Puede haber sido en octubre del '58", dice Luis apelando a su prodigiosa memoria.


A tal punto puso a prueba sus recuerdos, que en un mano a mano con los actuales técnicos del sector de comando de la planta, don Luis debatía acerca de los registros de presiones hidráulicas de funcionamiento de uno u otro equipo, de las temperaturas de proceso y de algún que otro secreto para que todo en la planta marchara sin problemas. "No teníamos vapor para fundir el azufre (insumo esencial para la elaboración del ácido), y lo proveía Atanor", señala a modo de ejemplo. "Las piezas (de la planta) estaban en un galpón; con un cepillo neumático las limpiábamos y luego las trasladábamos en una carrera a mano (al lugar de montaje)", añade. El azufre, asimismo, se cargaba a mano.


Eran tiempos fundacionales de la industria madre de Río Tercero, que incrementaba su capacidad de producción y personal a pasos agigantados. No le faltó a Luis la necesaria capacitación en el oficio, que le permitió llegar hasta la categoría de supervisor.


La actividad en esos años era frenética. Los turnos de ocho horas se extendían sin remedio. Luis recuerda que la puesta a punto de la planta que vio nacer, no fue fácil y los desperfectos surgían a cada instante. Había que solucionarlos. Solo quedaba tiempo para el almuerzo. "Nos llevaban en un Jeep a nuestras casas para comer y luego nos iban a buscar", relata. Incluso, en las horas de descanso estaba disponible. "Nunca dije que no y no pedí cobrar ninguna hora extra". Eran sin dudas otros tiempos. Pero ese espíritu de trabajo desinteresado fue el que contribuyó a cimentar los pilares de una era de progreso y desarrollo en el país. Y la frase que Luis repite a sus casi 90 años (los cumple en agosto), pinta de cuerpo entero a su generación: "No pregunté nunca antes cuánto iba a cobrar. Yo solo quería trabajar y aprender".


"Llegué hasta tercer grado, pero mis méritos los logré por voluntad y a pulmón. Siempre pensaba en cómo mejorar el sistema de trabajo y así lo hice", subraya. El trabajo de Luis no solo se limitó a la planta química, también se desempeñó en la brigada interna contraincendios de la fábrica.


El mensaje de Luis para los jóvenes, a través de TRIBUNA no tardó en llegar. "A los chicos les diría que se capaciten y le tengan amor a la Patria, no la abandonen. Hay que poner el pecho".


No faltaron las anécdotas de la relación con sus compañeros. En las plantas es muy común compartir momentos que no necesariamente apuntan al trabajo. Y la gastronomía es muchas veces el punto de encuentro. Así fue como Luis recordó algunos "bifeados" que se cocinaban de madrugada y hasta un estofado de liebre que se elaboró "clandestinamente", pero que sirvió al espíritu de camaradería y acortar las largas noches de turno.


"Es emocionante escucharlo", señala por su parte el coronel Guerrero, resaltando el "cariño" con "el que cuenta" sus vivencias en la fábrica, su sentido de pertenencia y la fruición al trabajo. "Hay que hacer todo con cariño porque pasamos muchas horas en el trabajo", destaca Guerrero.


Don Luis tiene dos hijos: María del Carmen y José Luis. Cinco nietos y dos bisnietos. Su compañera de toda la vida falleció hace poco.


Al finalizar la visita y recorrida, las autoridades de la Fábrica Militar le obsequiaron un casco de supervisor, y emocionado Luis agradeció sin correr la mirada de ese casco: "Gracias a esto formé y mantuve a mi familia". En unas semanas se vendrá el gran festejo del cumpleaños 90 de don Luis y promete ser multitudinario.

Boletín de noticias