La increíble historia del busto de Evita, que custodia “Beto” González

Locales 04 de octubre de 2021 Por Tribuna
La pieza fue rescatada de una plaza de Avellaneda en 1955 y tuvo una larga travesía.
TAPA Evita

Alberto “Beto” González es riotercerense, y es el “protector y custodio” de un busto que lleva el nombre, nada menos, de Eva Duarte de Perón. González es uno de los militantes más conocidos de la vieja guardia peronista; pertenece desde siempre al Movimiento Nacional Justicialista, como lo menciona con orgullo. 

Lleva al peronismo en la sangre y se autodefine militante desde su nacimiento. 

“Desde los seis años ya conocía el ritmo de la marcha peronista. Mi padre y sus amigos la cantaban en voz baja porque estaba prohibido. Siempre he militado para que el peronismo vuelva a estar en el gobierno, pero siempre lo he hecho desde la pasión y nunca desde el fanatismo”, confesó a TRIBUNA.

Un busto con historia
González tiene en su poder un busto de la mujer más amada y más odiada de la historia contemporánea argentina. Y el relato acerca de cómo llegó a sus manos, es apasionante.  

La noche del 26 de septiembre de 1955 el busto de Evita fue arrastrado por gente que acompañaba al golpe de Estado que derrocó a Perón, en una plaza del partido de Avellaneda en la provincia de Buenos Aires. 

Cuenta González que un grupo de ferroviarios, alineados al gobierno del General, salieron a rescatarlo de una segura destrucción, y en una reñida pelea, lograron recuperarlo para luego tener que esconderlo enterrándolo. 

Catorce años después, en 1969, y ante una posible vuelta a la democracia, lo desenterraron y embalaron, y lo subieron a un tren como si fuera una encomienda más, para enviarlo a Río Tercero. 
Seis meses duró la travesía. 

En cada estación lo bajaban como si fuera un paquete y se percataban de que no hubiera ningún inspector que controlara. Le cambiaban las etiquetas de embalaje y una vez seguros lo volvían a subir al tren para que siguiera hacia su destino.

Cuando llegó a nuestra ciudad los militantes, entre ellos el padre de Alberto, abrieron una Unidad Básica, “una escuela de doctrinas” como él la llama y, con orgullo, allí lo exhibieron. 

Dos días antes del segundo golpe y ante la sensación que algo se venía en los albores de los turbulentos años ‘70, los peronistas lo sacaron de esa Unidad Básica y lo llevaron a Tancacha para volver a esconderlo. 

Una vez allí, lo bajaron a un aljibe en la casa de un chacaritero amigo, en donde permaneció resguardado por varios años. 

El busto sufrió varios golpes ante la desesperación por esconderlo, pero ya había sufrido tantos otros que formaron parte de su historia. 

Con la vuelta a la democracia lo rescataron del aljibe y lo volvieron a exhibir en la Unidad en donde se reunían, militaban y debatían. 

“Cuando esta se cerró, al ser mi padre presidente de la Unión Ferroviaria y con el consentimiento de sus compañeros, se lo dejó. Lo puso en el patio de su casa, armó un camino y al final de éste, se encontraba  “Evita”, exhibida en un pedestal. Y cuando él murió lo heredé yo”, expresó Alberto. 

El busto de “Evita” que pesa entre unos 70 y 80 kilos, “vive” en el patio de la casa de “Beto”. Está en su estado original, como fue encontrado aquella noche de septiembre, y con las “heridas” que el tiempo, el maltrato de unos, y el respeto de otros, le fueron dejando. 

Tiene marcas de balas, manchas de pintura, y secuelas de historia. Pero desde hace cincuenta años, está cuidado y en buenas manos. 

“Muchos me preguntan porqué no lo restauré. Decidí no hacerlo porque considero que así debería mostrarse. Es un símbolo de la barbarie que se cometió en el ‘55, quizá la más suave de ellas, pero barbarie en fin. Hablar de Perón estaba prohibido y quiero que las nuevas generaciones lo vean, así como está y crean en todo lo que se vivió”, sostuvo. 

“Esta es la historia y no la podemos cambiar, este busto es una muestra fiel de ello”, agregó.
 
Significado y expectativas

Para Alberto, haber heredado semejante símbolo, es un gran honor. Requiere de una responsabilidad enorme, y a su vez, significa un inmenso orgullo. “No puedo creer que haya caído en mis manos”, aseguró. 

Sin embargo, sostiene que, si bien está a su cuidado, no es el propietario. “Esto no me pertenece, este busto le pertenece al pueblo argentino, es de todos”, expresó. 

En un futuro y cuando él ya no esté, desearía que sus hijos lo sigan manteniendo y conservando, o que se exhiba nuevamente, pero de la forma que con tanta pasión él y aquel grupo de ferroviarios lo han hecho a lo largo de los años. 

“Por mi parte pienso tenerlo hasta que Dios me de vida”, finalizó. 

El busto de Eva Duarte de Perón, “la abanderada de los humildes”, sufrió golpes de Estado, fue enterrado, escondido, liberado, y vuelto a esconder, para que con la vuelta a la democracia cayera en manos de quien con tanto respeto y orgullo, lo sigue cuidando y protegiendo hasta hoy.

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