

Muchos de los más importantes riotercerenses que incidieron notablemente en la vida de la población, no los había visto nacer, porque eran santafesinos, rosarinos, serranos, italianos o españoles. Todos ellos llegaron cuando Río Tercero era un pequeño, ventoso y polvoriento pueblo más fácil de pasarlo de largo que de quedarse en él, pero se quedaron. Le debemos dar gracias a la Fábrica Militar que por ella llegaron aquí distintas personalidades que ante la elementalidad del pueblo que encontraron impulsaron iniciativa para dotarlo de lo que le faltaba. Y a Río Tercero le faltaba casi todo.
El médico bellvillense Félix Vinuesa y su esposa, la obstetra mendocina María Nélida Altamirano vinieron por la fábrica. Mientras él ejercía la medicina en su ciudad y buscaba nuevos horizontes le propusieron un trabajo como cirujano del flamante -y hoy añorado- Policlínico de la Fábrica Militar.
Vinuesa había nacido el 1º de abril de 1908 en Bell Ville, donde logró su título de maestro con el que ejerció la docencia desde muy joven, con lo cual pudo -junto al apoyo de una hermana- iniciar sus estudios de medicina en Córdoba, recién a los 27 años, los que pagó con su magro sueldo de maestro de una escuela nocturna. Trabajando en un hospital de Córdoba su camino se cruzó con el de María Nélida. Se casaron el 5 de mayo de 1945, y llegaron aquí al año siguiente, viviendo primero en el Palace Hotel y luego en una de las casas del barrio "El Libertador".
Los médicos que entonces había aquí eran los doctores Arturo Piattini, Daniel Pascuali, Félix Aldao, Alberto Ruggero y la partera Dominga Cañas de Rios. Vinuesa armó la Sección "Cirugía" del Policlínico. Según decía el Dr. Juan Carlos Rios -amigo y colega de Vinuesa- se lo puede considerar a éste como el primero que operó en Río Tercero realizando cirugías de apéndice, hernia, cesáreas y otras. En esa época doña Dominga Cañas de Rios tenía su clínica en la primera cuadra de la calle Libertad y fue ella quien le facilitó una habitación para que Vinuesa instalara allí su camilla de cirugía donde operó durante un tiempo. Así se hizo conocer en la población y en localidades vecinas. De todos lados venían pacientes a consultarlo y en poco tiempo se hizo conocido y respetado. Luego comenzó a atender en la calle Vélez Sarsfield.
Entonces el camino a Córdoba era muy malo, los enfermos más delicados eran traídos para ser atendidos por los médicos de aquí. Después de haber tenido a sus tres primeros hijos Nélida comenzó a ejercer su profesión de obstetra habiendo asistido en numerosos partos.
Una de las primeras sorpresas que tuvieron los Vinuesa al llegar fue la de que aquí no había colegio secundario por lo que su creación fue una de las inquietudes de Félix. En el Policlínico había conocido al Teniente Coronel Alberto Romero Oneto, director de la fábrica a quien interesó en la creación de un secundario. Vinuesa encabezó la comisión que produjo el nacimiento, en 1949, del Instituto Adscripto "Jose Hernandez" establecimiento del que fue su rector desde su creación hasta 1969 y quien pugnó siempre por la calidad educativa del establecimiento. Cuando murió Eva Perón, Vinuesa se rehusó a ponerle el luto obligatorio por lo que fue alejado de la rectoría del "Nacional" a la que volvió en 1955.
El doctor Vinuesa respetado por todos, repartió sus inquietudes entre su familia, la medicina y la docencia. Con Nélida poblaron su amplia casa de Libertad y Mitre con sus hijos Silvia, María Elena, Susana, Nélida y Félix. En ese lugar, comprado con el fecundo trabajo de Félix y su esposa, construyeron arriba la casa familiar y en la planta baja, la clínica.
Vinuesa fue en la sociedad riotercerense mucho más que el médico cirujano, el profesor de Anatomía o el rector del Nacional.
Fue un hombre de notable cultura y prodigiosa memoria, según su esposa recitaba poesía para ejercitarla y conservarla, además de ser un orador legendario al que no lo asustaban los organizadores de algún acto patrio que llegaban hasta él, en comitiva, para decirle: "Doctor, usted nos tiene que salvar, haga uso de la palabra que quien tenía que decir el discurso no vino...". Y allá iba Vinuesa rumbo al palco, serio y erguido a regalarle a los presentes una clase de historia, utilizando sus conocimientos producto de muchas horas de lectura.
Para los vecinos de la plaza San Martín eran familiares y señeras las figuras de los doctores Vinuesa y Ruggero caminando y conversando por las tardes.
Tal vez su profunda sensibilidad le hizo sufrir la cruel enfermedad de la depresión. Muchos años estuvo triste y ajeno, siempre cuidado por su esposa e hijos. Falleció el 26 de setiembre de 1983. Su nombre perdura bautizando un jardín de infantes, su recuerdo en todos aquellos que lo conocieron.
Nota del periodista César Herrera publicada años atrás para un suplemento especial de TRIBUNA.






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